Ponte cómod@, tómate un café, y prepárate para aprender con la historia que estás a punto de leer…

  • AndrésMauricio

El instinto de emprender

Actualizado: 29 de nov de 2019

En cuestión de milisegundos, tus órganos sensoriales detectan una amenaza, envían una señal a la amígdala en tu cerebro, y tú saltas; pero la señal continúa viajando, pasa por tu hipotálamo, quien activa la señal de alarma; tu corazón bombea cada vez más rápido, y la adrenalina te hace sentir ese escalofrío pasando por todo tu cuerpo. En este momento te pones automáticamente en uno de 3 modos (las 3 F’s como los conocen algunos):


Modo Estatua (o Freeze), que por instinto primitivo de supervivencia te inmoviliza, actuando como si la amenaza potencial no te fuese a atacar al creer que estás muerto. Lo siguiente no me pasó a mí, sino a un primo. En el viaje de fin de año, su grupo de amigos decidió cambiar plan rumba y se fueron a acampar. En la primera noche, mientras contaban historias de miedo, a mí… primo se le alborotó la vejiga; obvio no podía pedir compañía (porque qué dirían), pero tampoco quería alejarse demasiado. Se puso de pie y caminó lentamente hacia los árboles más cercanos detrás de las carpas como a unos 100 metros. El silencio era casi total. Cuando se disponía a bajar el cierre de su pantalón, escuchó pasos muy cercanos sobre las hojas secas del bosque al otro costado del árbol que había cuidadosamente seleccionado como baño. No se atrevió siquiera a asomar la cabeza, solo se congeló, y aguantó, lo que duró hasta que el sonido desapareció. Nunca se enteró si fue la Llorona, un oso feroz, o un inofensivo Bambi. Tampoco notó cuando su vejiga se relajó. Pero sus amigos sí notaron cuando caminaba de vuelta con una sospechosa mancha en su entrepierna y cómo sus zapatos hacían ruido de enlagunados, lo que le ganó el sobrenombre que hasta hoy lo acompaña.


Modo ¡Corre! (o Fly), es la segunda opción; que tampoco me ha sucedido, pero a mi amigo sí, se obsesionó. Cuenta que, estaba feliz, su primer día de trabajo, era un call center. Subía al quinceavo piso, iba tarde, pero al escuchar esos pasos, detuvo la puerta y tres segundos después, ingresa ella; una chica hermosa, piel trigueña, cabello largo, negro y ondulado que olía a frutas, llevaba un delgado vestido rojo que marcaba su figura y resaltaba aquella parte del cuerpo que no le permitió ver cuán altos eran sus tacones. Habla de sus ojos grandes y expresivos como si no hubiese visto más. Solo sabe que salió del ascensor flechado, y suspiró mientras las puertas cerraron detrás de él. Llegó temprano de ahí en adelante y disimuladamente trataba de coincidir con aquella chica en el ascensor. Cuando lo lograba, solo imaginaba maneras de comenzar conversaciones durante ese el minuto que duraba el viaje. Las puertas cerraron a sus espaldas una y otra vez sin haber pronunciado palabra. Hasta que por fin. Yo… digo, mi amigo se atrevió a romper el silencio, “Buenos días,”. “Hola, ¿cómo estás?” respondió ella. “Feliz,” añadió él; respuesta que ganó el interés de aquella chica y le permitió contarle que había ganado la oportunidad de presentar un proyecto para mejorar un aspecto de la empresa, “porque en esa empresa nada funciona como debería” le dijo. Estaba tan interesada en la historia, que cuando llegaron al piso 15, ella se bajó con él, y lo escuchó quejarse por 5 minutos más. Acabó, y ella rápido se despidió, lo felicitó, y le dijo que esperaba que la empresa mejorara todo aquello tan terrible que le había contado. “Quedé con un sinsabor,” cuenta él; quería resaltar un logro positivo y terminó sonando como su tía cuando toma el transporte público. No se podía sacar a aquella chica de la cabeza y quería una segunda oportunidad. Pero debía concentrarse, llegó la hora de presentar su proyecto a la gerencia de la empresa, subió al dieciséis, cruzó las oficinas administrativas, y cuando le abrieron la puerta de la sala de juntas, nadie entró. Mi amigo ya iba con las manos sudorosas, llegando al ascensor con su cara casi tan roja como el vestido ceñido de la joven gerente, que quedó ansiosa esperando a oír la solución de “todo lo que no funcionaba” en su empresa, y extrañando a su apuesto acompañante en los viajes de ascensor. Mi amigo, el modo ¡Corre! aplicó.


Finalmente, está el modo Enfrenta (o Fight). Si has emprendido, ya lo conocerás; y si aún lo estás pensando, pronto lo vivirás; así que deja de leer acá, para no ser yo el aguafiestas que te cuente cómo terminarás. Cuando primero se te vino aquella idea a la cabeza, comenzaste a soñar; pensaste en lo grande que sería, y en lo que podrías lograr. Te atreviste a contárselo a un conocido, quien te dijo todo lo que no iba a funcionar. Lo primero que tuviste que enfrentar, la opinión de los demás. Continuaste con tu idea, y la llevaste a producción; pues idea no es negocio sin ejecución. Te pidieron una semana para su distribución, pero llegó la fecha y no cumplieron con su obligación. Enfrentar con paciencia las situaciones que se salen de tus manos fue tu segunda lección. Pero todo mejoraría aprendiendo a hacer una buena planeación. Hasta que llegó la hora de las ventas; es la hora de la verdad, y sabrás si realmente llevas las riendas. Porque si no vendes, entonces, ¿cómo te alimentas? Que el mercado se comporte diferente a cómo imaginas, te dejará pensando en cómo lo enfrentas. Y descubres que la gente miente en las encuestas. Afortunadamente, emprender ya no es como las apuestas; mejorarás tus probabilidades si sales y experimentas, y luego lo mides si sabes interpretar las cuentas. Por eso me encanta este modo, casi tanto como emprender. Enfrentar tus miedos es enfrentarte a ti mismo dispuesto a perder. Aunque todos salimos a la cancha queriendo vencer, a veces a las malas tenemos que aprender. La vida tiene formas raras, pero sabias, de hacernos crecer. Pero en el resultado de emprender también puedes interceder. Toma hábitos como leer, asistir a un taller, y en ti creer; aunque ¡ojo! evita tu ego exceder. Y si el éxito emprendiendo estás dispuesto a obtener, y a una mano amiga decides acceder, cuenta conmigo para tu camino acompañarte a recorrer, y los riesgos hacer decrecer.

Si llegaste al final de este texto, probablemente tienes las siguientes 3 cosas en común con el autor:


1. Hemos tenido miedo de algo y reaccionamos de forma natural. Aunque se te dificulte moverte, o quieras salir corriendo, las situaciones decides enfrentar. Sabes que para ganar en ti debes confiar, y así tu historia tendrá el mejor final;


2. Interpretamos el emprender como la oportunidad de salir de nuestra zona de confort. Te encanta la adrenalina de la experiencia, aun sintiendo que cometes error tras error. Y valoras la experiencia y conocimiento de quien te ayuda porque por ahí ya pasó;


3. Nos conectamos mucho mejor por medio de narratorias. Aprender, y entender conceptos complejos ahora son cosas divertidas y exploratorias. Mientras las lees, en tu imaginación las vives, y lo sientes genuino porque por unos minutos eres el protagonista de tus historias.


Precisamente esos 3 puntos me motivaron a vencer mis propios miedos, a escribir historias para ayudarte, y a otras personas, a vivir el proceso de emprender;

Historias que ilustren experiencias con errores y aciertos que todos cometemos; e historias que faciliten el entendimiento de metodologías y herramientas útiles cuando comenzamos un proyecto empresarial.

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