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  • AndrésMauricio

Los sueños se potencian en casa

Actualizado: 29 de nov de 2019

“Ya estás acá Daniela, te despediste de tus compañeros, y le dejaste una carta a tu padre, ¡tienes que saltar!” le decía una voz en su cabeza.


Hacía una semana, Fredy terminaba con ella porque aún en séptimo semestre y no sabía qué haría con su vida; Culpa de su padre que siempre quiso verla graduada de ingeniera.


8 semestres atrás, Daniela izaba bandera por tener un futuro prometedor, pero ella sabía que su proyecto de vida lo había construido copiando sueños de sus compañeras. Se sentía como una impostora. Culpa de su colegio en donde no la conocieron más allá de sus calificaciones.


17 años antes, y aun siendo muy niña para entenderlo, lloraba viendo a su padre sufrir por tener que sacarla adelante, y por darle lo que él creía lo mejor para ella. Culpa de su madre que los abandonó por miedo a la responsabilidad.


“Qué buena imaginación tienes Dani, con ese monólogo de la realidad que viven muchos jóvenes seguro vas a quedar entre los finalistas de ese concurso,” elogiaban sus amigas. “¡Espero que sí!” respondió Daniela, y continuó, “cruzo los dedos, y agradezco a mi padre por apoyarme en todos mis sueños, o ‘locuras’ como les llama él de forma jocosa.”

Realmente, Daniela sí creció solo con su padre, pues a su madre se la llevó una enfermedad terminal cuando su hija tenía apenas 3 años de edad. Fue duro, es cierto. un padre o una madre son irremplazables, pero quien queda sí puede hacerlo sol@. Demostrar el amor, guiar por la vida, y enseñar con el ejemplo son cosas que no requieren de una pareja para que un hij@ las sienta. Y esa fue la fortuna que tuvo Daniela.


A ella se le dificultaron siempre las matemáticas, pero las letras eran como magia para ella. Su padre, conociendo la importancia de los números, no la inscribió en refuerzos ni le contrató un profesor privado. Él dedicaba 30 minutos de su hora de almuerzo a escribir cuentos. Como el de Mamá Coneja, quien tenía 28 hijos, y debía cultivar y cosechar zanahorias suficientes para cada uno; aparte de guardar para el “trueque” en la plaza, que canjeaba por lechuga y espinacas. De esa forma, Daniela aprendió aritmética, y aunque nunca fue su fuerte, le cogió cariño a los números; pero lo mejor que logró su padre fue fomentar la imaginación que todo niño tiene, y que la mayoría deja debilitar con el pasar del tiempo. A Daniela le gustaban las letras, y su padre reforzó ese gusto; además, y sin saberlo, potenció el futuro de su hija.


Cuando Daniela cumplió 12 años, llegó a la casa un día y le pidió a su padre comprarle una caja de gomitas, pues una compañera estaba vendiendo chocolates y le iba muy bien, “Gina puede comprar algo en la tienda de la escuela todos los días, papá,” le dijo Daniela motivada a comenzar también ella su propio negocio. Y, ¿quién mejor que un padre para apoyarte en tu primer Émprendimiento? Así que se sentó aquel hombre en la mesa de comedor con su hija esa noche, y escribieron entre los dos una historia, como era costumbre y parte de sus pasatiempos favoritos.


Cuando terminaron unos minutos después, el padre le dijo a Daniela: “Ahora, ya tienes algo que vender para comprar en la tienda tú también.” Ella lo miró algo confundida. “Pero antes, te pregunto: ¿qué te gustaría comprar mañana en la tienda?” añadió su padre. “Un pedazo de pizza,” respondió. A lo que su padre agregó: “¿Cuánto vale ese pedazo de pizza? Y, ¿cuánto vale una gomita?” “La pizza vale 10 unidades, y la gomita solo media unidad.” Eso querría decir, que el monto que manejaban sus compañeras para gastar diariamente era bajo, y lograr su objetivo le costaría mínimo la venta de 20 gomitas, para así poder comprarse un pedazo de pizza (sin tener en cuenta los costos que debía reservar para comprar el siguiente paquete de gomas). “¿Crees que alguna compañera te pagaría 10 unidades para comprarte esta historia?” indagó su padre. “No, papá, ¿Cómo crees?” respondió Daniela algo desmotivada. “Y, ¿si en vez de venderla, cobras media unidad a cada compañera que quiera leer tu historia? Así solo necesitarías que 20 compañeras quieran leerla para poder comprarte un pedazo de pizza. Puedes escribir tres historias a la semana, de esta forma las historias siguen siendo tuyas, y puedes seguir generando dinero cada vez que alguien quiera leerlas.”


Por medio de su pasión, las letras, y su pasatiempo favorito entre padre e hija, las historias, el padre de Daniela le enseñó también de modelos de negocios. A partir de ese día, el negocio de Daniela ha evolucionado. Aparte de alquilar historias, vender frases inspiradoras en diferentes tipografías como decoración para cuadernos, y cobrar por redactar las cartas de las chicas para sus primer@s novi@s, Daniela acaba de venderle el guion al colegio para hacer la primera obra de teatro basada en una historia escrita por una de sus estudiantes.


Aunque aún está indecisa de si estudiar comunicación social, o literatura, ya está trabajando con su padre para oficializar su Émprendimiento, dedicado a fortalecer las estrategias comerciales y publicitarias de otros negocios. También está motivando a su novio, Fredy, a que crea en sí mismo, y en sus sueños, así su situación económica no le permita acudir a una institución de educación superior.


Si tú también has dicho:

  • “¡Ojalá mi familia me hubiese apoyado!” O,

  • “Me hubiese encantado hacer eso de joven.” O,

  • “Émprender es una profesión.” O,

  • “Me gustaría conectar mejor con mi hij@.” O,

  • “¡Yo sí apoyo los sueños de mi hij@!”


Aún puedes hacer una diferencia,

en tus sueños, y

en el futuro de tu hij@.

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